En el marco de las actividades y reflexiones por el Día Mundial del Alzheimer, especialistas en neurología y salud cerebral remarcaron la importancia de advertir a tiempo las primeras manifestaciones de esta patología y comprender que el deterioro cognitivo no constituye una consecuencia inevitable del envejecimiento.
La enfermedad de Alzheimer es un trastorno neurodegenerativo, progresivo e irreversible que representa entre el 60% y el 70% de los cuadros de demencia en el mundo. En la Argentina, se estima que alrededor de medio millón de personas conviven con algún tipo de demencia, una cifra que podría duplicarse para el año 2050. A nivel global, los registros sanitarios calculan entre 50 y más de 55 millones de personas afectadas, con proyecciones que prevén un incremento constante en las próximas décadas debido al aumento en la expectativa de vida.
Uno de los puntos centrales abordados por los profesionales radica en distinguir los descuidos habituales de los signos que ameritan una consulta médica. El neurólogo Miguel Arturo Oscar Jacobo precisó que no todo olvido implica la presencia de la patología: olvidar ocasionalmente una palabra, un dato puntual o el nombre de una persona puede ser algo común. La señal de alerta surge cuando se olvidan experiencias o conversaciones completas, se reitera de forma constante una misma pregunta o se experimentan dificultades marcadas para concretar tareas cotidianas previamente dominadas, como manejar el dinero o utilizar objetos conocidos.
Especialistas del área neuropsicológica coinciden en que también pueden observarse desorientación en recorridos habituales, pérdida de iniciativa, cambios de conducta o el abandono de actividades de interés. Cuando estas dificultades persisten e interfieren en la vida diaria, resulta fundamental avanzar hacia una evaluación formal.
Las alteraciones biológicas vinculadas a la enfermedad —como la acumulación anómala de las proteínas beta-amiloide y tau, que dañan la comunicación neuronal— pueden comenzar a desarrollarse hasta veinte años antes de que se manifiesten los primeros síntomas clínicos. En materia diagnóstica, tras la actualización de criterios científicos en 2024, cobró relevancia el uso de biomarcadores en estudios de neuroimágenes, líquido cefalorraquídeo y análisis en sangre, los cuales complementan los pasos clínicos tradicionales: la anamnesis al paciente y su entorno familiar, el examen físico, los análisis de laboratorio, la batería de test neuropsicológicos y estudios como la tomografía computada o la resonancia magnética.
Por otra parte, se enfatiza el impacto de los factores modificables. Si bien la edad es el factor de riesgo más relevante —con prevalencias que crecen a partir de los 65 años y superan el 50% en personas mayores de 95—, el control de factores cardiovasculares como la hipertensión arterial, el tabaquismo, la diabetes, la obesidad, el sedentarismo y los niveles elevados de grasas en sangre cumple una función preventiva sustancial.
Finalmente, los profesionales señalan la necesidad de brindar un acompañamiento adecuado a quienes reciben el diagnóstico, procurando preservar sus capacidades activas y evitando la sobreprotección. La problemática conlleva un fuerte impacto en el entorno familiar, donde las tareas de asistencia y cuidado son desempeñadas en cerca de un 70% por mujeres, lo que demanda una mirada integral sobre la contención a los cuidadores.















